Historias de Yoga Ooommmm...

enero 06, 2019

Muchas de las personas que se acercan al mundo del Yoga y claro está a la meditación, vienen para refugiarse de algo que les ha sucedido en su vida; una ruptura, una enfermedad, necesidad de buscar descanso.

A veces es la puerta que abre hacia ese espacio interno, que es nuestro ser. En otras ocasiones la persona resuelve la situación de fuera y el Yoga queda en un recuerdo bonito que sirvió durante un tiempo para estar más relajado, con una mayor conciencia, se libera de tensiones y se acabó.

Recuerdo a un chico que vino a mis clases de Yoga, venía recomendado por un amigo, practicante asiduo. Acababa de finalizar con veinte años de matrimonio, contaba con dos hijos pequeños y lo sentía desolado, no sabía por donde tirar.

En nuestra entrevista le comenté que como todo, era necesario constancia, dedicación y paciencia. Tendría que ser capaz de quedarse cuando llegara la tristeza, capaz de confrontar la soledad y abandono y a pesar de ello no existía garantía que encontrase la solución a sus problemas. De todas formas, le dije, “quédate, en serio, el bien que vas a sentir no se puede explicar con palabras, el Yoga se experimenta, no se habla de él”
Y se quedó, estaba radiante, feliz, positivo, hacia tiempo, me decía que no se encontraba así, pero conoció a una chica, se enamoraron y en lugar de dos días venía un día y al año, dejó las clases, ya no había tiempo, el Yoga se esfumó de su vida.

Algunas veces hablamos, él se siente super agradecido, por esas clases, ese espacio de recogimiento y siempre terminamos la conversación diciéndome, tengo que volver, fue un tiempo precioso, a pesar de la situación tan caótica en la que me encontraba.

Siempre Yoga….oommmm.

 

Ella formaba parte de uno de los grupos de mujeres donde impartía clases de Yoga. Eran grupos muy potentes, participaban mujeres de 40 a 50 años aproximadamente, la mayoría amas de casa.

Ella era sencilla, sin muchas pretensiones, siempre llegaba apurada y cuando finalizaba la sesión salía disparada a comprar o a cualquier otro menester, siempre había un motivo para ir corriendo.

Apenas la sentía involucrada en el grupo y tenía la sensación que acudía al Yoga para rellenar el horario que tenía libre. Cuando hablabamos, sus temas se limitaban a sus hijxs, la casa, sus hijxs y la casa.

Al cabo de dos años de estar en mis clases, supe que le habían diagnosticado un cáncer, como a casi todas las personas que viven una experiencia así, vivió diferentes etapas, rechazo al principio y poco a poco comenzó a aceptar y abrazar la nueva situación que vivía. La práctica de Yoga significó un lugar seguro, un espacio de libertad real, dejó de correr tanto y se paró. Comenzamos a intimar y me confesó que sentía muchísimo miedo, ella tenía dos hijxs, aún muy pequeñxs, la sóla idea de dejarlos huerfanos de madre, le aterraba. Yo tan sólo la escuchaba y le sugerí que sencillamente se permitiese sentir, que dejara de correr, no había que ir a ningún lugar, era el momento para estar con y en ella.

El tiempo transcurrió y mi amiga sigue entre nosotras, feliz. Ella se transformó, completamente, absolutamente. Hoy en día, viaja y ayuda a otras mujeres que viven procesos de cáncer. Es una mujer llena de vida, autentica, real y con cicatrices maravillosas, que le ayudaron a darse de cuenta de muchas cuestiones que estaban ocultas y soterradas.

Siempre Yoga….oommmm.

 

Hubo una chica que vino un día a una de mis clases, yo siempre tenía una breve entrevista, estaba interesada por las motivaciones que le hacían acudir al Yoga. Desde el primer momento me sentí atraída por su persona, irradiaba, hermosura.

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La chica tenía una enfermedad ciertamente extraña, no recuerdo el nombre, pero sí que era muy limitante, aunque a ella no le restaba el buen humor.

Al cabo de unos meses, se rompió la cadera, aquello le supuso aún más límites para su cuerpo y a pesar de ello, continuaba viniendo a clases, cogía un taxi tanto para venir como para volver a casa. En clases, ella se sentaba en una silla y su práctica era sencillamente , estar. No hacía ni saludos al sol, ni perros cabezas abajos, ni tan siquiera sentarse en el suelo podía. Cada vez que finalizaba la sesión, ella siempre me agradecía con una maravillosa sonrisa. La recuerdo con los ojos brillantes, tomándome de las manos, gracias, “no sabes cuanto bien me hace”

Llevo muchisimos años en la docencia del Yoga y nunca nadie con tan poco consiguió tanto.

Hoy la quería traer aquí a éste espacio de Vida, ella falleció hace unos pocos años y aún la recuerdo por tanto como me enseñó.

Siempre Yoga….oommmm.

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Métodos de meditación.

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