ÁRBOLES

Ningún niño/niña tendría que crecer de espaldas a la naturaleza, aunque en mi caso fue así. Nací en Sevilla, igual que mis padres y éste hecho, condicionó mi tardanza en descubrir lo sagrado, la Natura.

Nuestras salidas al campo, de pequeñxs, eran escasas y siempre las recuerdo portando demasiados trastos,  sillas y mesas plegables para colocar tortillas, filetes empanados y todo ese festín gastronómico campero. No había momentos para la contemplación, solo era cambiar escenarios y disfrutar entre nosotrxs, que tampoco estaba mal.

Me acerqué a la naturaleza, bien mayor, puedo recordar perfectamente mi primera experiencia con los árboles, un olivo, en concreto. Estaba en uno de mis primeros cursos de Yoga, tendría unos 23 años, y nos encontrábamos en el campo, el profe nos comentó de contactar con un árbol, que buscásemos uno y nos sentáramos junto a él a escuchar…..pero qué dice éste hombre, pensé, jjajajja, me lo tomé a broma, pero en definitiva,, nada tenía que perder por sentarme junto con un olivo, que elegí, o fue él quien me indicó que me sentara?…

La cuestión que esa experiencia me cambió, transformó mi manera de percibir a estos seres mágicos, no puedo describir la comunicación que allí se entabló entre ambos, no  lenguaje como el nuestro, lógicamente  era diferente, pero en definitiva, comunicación. Me di cuenta de algo tan obvio, como que hay vida en ellos, que sienten, respiran, observadores del paso del tiempo.

Llevo años, mirándonos, contemplándolos en silencio, siempre, siempre, me emocionan, me provocan admiración infinita. Son increíbles, fantásticos.

Los de la ciudad, por su capacidad de resilencia. Me asombran, como crecen en circunstancias tan difíciles, alcorques prácticamente al ras del propio tronco, aislados, sin agua y a pesar de todo, ahí siguen, dando y ofreciendo, belleza, sombra, oxígeno…es posible más generosidad?

Los que están libres, en la naturaleza, los que crecen sin ser manejados por nuestra raza, esos, me dejan sin palabras, he escuchado a pinos antiguos en la Sierra de Cazorla, alcornoques en la Sauceda y ahora comparto parte de mi tiempo con alcornoques en Cala, en la Sierra de Huelva. Es un placer quedarme quieta, tan sólo atenta, en silencio, permitiéndome el encuentro con ellos.

Me presento como plantadora, mujer árbol, como mujer que ama a estos seres inigualables.
Hayas, secuoyas, tejos, robles, olivos, alcornoques, olmos…pueden llegar a vivir más de 500 años, incluso se han encontrado algunos de éstas especies con más de 5000 años. No puedo imaginar la cantidad de información que poseen, la sabiduría que hay en ellos y nosotrxs humanos sin apenas reconocerlos, sin apreciar lo que nos ofrecen, desestimándolos y maltratándolos.  Triste es una sociedad que no conoce los arboles.

Nuestra especie, nuestra vida está unida a ellos y no al contrario y pese a ello, se siguen talando sin razón alguna, esquilmándolos, quemando….en fin una locura, que estamos pagando bien caro.

Carmen Torres

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