La Muerte, compañera de Vida

noviembre 02, 2018

Escribir de la muerte, sería casi impensable, tan sólo hace unos años. Pero todo cambia. La vida nos trae siempre enseñanzas para aquellxs que queremos aprender y si existe una lección indispensable en esta dimensión, es justo ésta, la muerte.

Quien sabe vivir, sabe morir.

Quiero hablar de mi propia experiencia, lo que he vivido con respecto a éste asunto que traigo aquí. La muerte.

Hace un par de años, una amiga, compañera de caminos y batallas floridas, nos enseñó a mirar la muerte, de una manera que jamás antes había visto ni oído, ni siquiera imaginado. A ella le habían diagnosticado un cáncer de mama, hacía unos dos años  antes. De su enfermedad sólo sabían, tres personas a lo sumo. No quería interferencias, no quería que nadie le dijese como hacer o dejase de hacer, era todo un carácter. Cuando supimos de ella y de la enfermedad, estaba en las últimas, su cuerpo deteriorado, pero su cabeza y su corazón, con una lucidez impresionantes, sabía que todo estaba hecho. No quiso que le trasladaran al hospital, no quiso que le inyectasen sustancias que la enajenasen, quería enfrentarse de la forma más lúcida posible a la inevitable compañera, la muerte. Lxs que fuimos a verla, a dos días de su fallecimiento físico, lo primero que sorprendía era la forma, su cuerpo se había reducido, ella era una mujer grande y ahora ese cuerpo estaba despareciendo, casi de inmediato pude apreciar lo que realmente importaba, aquella MUJER, aquella guerrera que tenía delante de mí, estaba haciendo su última danza en la Tierra, con una valentía y una impecabilidad digna de elogios. Su palabra, aunque debilitada, denotaba fuerza a raudales. Estaba preparada para dejar su cuerpo físico, nadie sabrá si el miedo pudo apoderarse de ella en el último momento, pero doy fe que jamás he sentido tanto valor y tanta entrega amorosa en momentos tan sublimes como éste. Su entierro fue a lo indígena, cantando y danzando, impresionante despedida. Gracias comadre.

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Apenas hace un año que mi gran maestra falleció, mi madre. Seguro que aquellxs que han pasado por la experiencia de perder a una madre o a un padre pueden entender éste proceso. Mi madre era la mujer más divina que he conocido, tenía un sentido del humor extraordinario, era así, unas campanillas, era pura alegría, todo un regalo su presencia. Desde que recuerdo, le comentaba que siempre estaríamos juntas…la echo muchísimo de menos, muchísimo.

Tu estás en míyo estoy en ti

Su vida fue muy amable, la tomaba, como  venía, siempre disponible, entregada, no exenta de problemas ni de padecimientos, ella sabía cómo manejar las situaciones. Su lema, adelante, Dios nos abre puertas y así era.

Mi madre, fue operada de corazón, hace unos diez años aproximadamente le reemplazaron la válvula aortica, por una biológica. Su madre, murió por esto mismo, aunque entonces no se operaba de ello y murió cuando contaba con 63 años. La válvula del corazón de mi madre comenzó a fallar, un año antes de su fallecimiento, sentía que se ahogaba y aunque ella nunca había sido muy de caminar, el simple hecho de ir de un sitio a otro de la casa se convirtió en todo un reto a un mes de ingresarla en el hospital y morir.

Un día que llegué a su casa, estaba sentada en su sillón, su caja torácica le llegaba a la garganta y descendía con brusquedad cada vez que tenía que respirar, me provocó una gran angustia por todo el esfuerzo que tenía que hacer su organismo para “simplemente, respirar” sus palabras comenzaban a ser inconexas y era fácil advertir que el oxigeno no fluía ni por su cabeza ni en todo su sistema. Ese día la ingresamos de urgencia, mis hermanxs, mi padre y yo creímos que no pasaría de esa noche, pero no fue así, nos otorgaron 20 días para despedirnos y para que preparase ese viaje ineludible, la muerte. Hubo momentos de máxima intensidad, parecía que la vida se retiraba de ella definitivamente cuando la volvían a recuperar, su cabeza, sus pensamientos se dispersaban, no era fácil verla así.  Y llegó el momento; esa noche me quedaba con ella en el hospital, siempre había pedido estar a su lado cuando mi madre marchase y así fue, sus ojos perdidos en un infinito indescriptible, sólo las manos movía, como ella me explicó, andaba doblando la ropa, imagino que en su delirio de muerte iba recogiendo todo para  ese viaje que estaba a punto de realizar.

Durante todo éste proceso, supimos que mi madre estaba en su recta final, es entonces cuando vuelvo a recuperar uno de los libros que considero imprescindibles para afrontar la muerte. El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte, ya lo había leído hacía muchísimo tiempo y ahora en estos momentos vitales,  iba a ser el apoyo más importante, sí, un pilar fundamental para entender.

Es ahora cuando quiero hacer saber lo fundamental que es el acompañamiento a aquellxs que van a dejar éste plano físico, quiero manifestar lo difícil que fue ver como mi madre, al instante de morir, ya venían unas auxiliares del hospital, con toda su maravillosa voluntad y amor, a amortajarla y minutos después meterla en una funda para llevársela, ni tan siquiera un rezo, todo sucedió demasiado rápido, la muerte hay que quitarla  de en medio, así lo viví y NO, no es así. Permitir la despedida, sin prisas, dar paso a cualquier palabra que pueda haber quedado sin ser dicha al fallecidx, hacer rezos, cantos o cualquier ceremonia que unx considere, es de vital importancia para aún ese ser que aunque su cuerpo esté sin vida, todo su esencia  está presente, a veces incluso asustado por ese nuevo espacio donde se encuentra.

¿No tenemos todxs derecho a que no sólo nuestro cuerpo sea tratado con respeto, sino también y acaso, más importante aún, nuestro espíritu?

Tras los protocolos que realizamos con su muerte. Quedé en la necesidad de seguir acompañándola; su cuerpo físico quedaba atrás, pero su alma, comenzaba un viaje, que con toda seguridad le sería mucho más fácil transitar, si me sentía cerca. Entonces decidí que practicaría lo que los tibetanos llevan a cabo con sus muertos, rezar, cantar y ofrendar por el alma de mi madre, durante cuarenta y nueve días y así hice. Durante ese tiempo, casi a la misma hora de su partida, le cantaba alabanzas y rezaba mis oraciones con el firme propósito de ayudar a su alma a elevarse.

 

Los tibetanos hablan de diferentes bardos o etapas por donde transcurre el ama, tras la muerte. Esos cuarenta y nueve días aproximadamente, es el tiempo que estiman para pasar a la siguiente vida. Invito a que leáis este maravilloso manual antes de entrar en juicios.

Mi experiencia en ese proceso de duelo, fue extraordinariamente serena, con una presencia absoluta. Hacía las tareas de casa, mi trabajo, cualquier cosa que tenía que realizar la llevaba a cabo para bien de ella, con todo amor. Llevé a cabo ceremonias en su honor con  mis compañerxs de Sangha (comunidad que practicamos meditación), pudiendo expresar lo que sentía, hablando de ella, compartiendo con ellos silencio y otorgando los beneficios de esas prácticas a su alma que en pleno vuelo se encontraba. Es muy importante para lxs familiares poder hablar de nuestro difuntx.

Mi madre era una mujer muy religiosa y siempre me decía que no le llevásemos flores a su entierro, que ella lo que quería eran misas y misas tuvo, encargamos a las Hermanas de la Cruz, Gregorianas y durante un mes ininterrumpidamente, a las 8 am, mi padre y yo y alguna otra vez, mi hermano, asistíamos a misa en una pequeña capilla, donde a parte del cura que la oficiaba, se encontraban siete monjitas y una profesora de las Salesianas.

Mi madre falleció el 27 de diciembre del 2017, va a ser un año de su partida y no hay un solo día que no la recuerde. Mi corazón está lleno de todo el amor que recibí de ella, se que está muy bien, lo sé y eso me basta, ella permanece en mí y también la veo en mis hermanxs y en mis hijas aunque reconozco que muero por abrazarla, estrecharla entre mis brazos y besarla hasta el infinito.

Nada nace nada muere, todo es transformación. La muerte es pura ilusión, nos habla el budismo y yo ahora comprendo esa transformación.

Recomiendo El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte. Sogyal Rimpocé

La muerte es una ilusión de  Thich Nhat Hanh

Gracias infinitas por tener a una gran maestra de vida; mi madre.

 

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Coherencia en la práctica de Yoga.Te echo de menos.

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